Una brujita valiente llamada Kiki

 

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Desde sus inicios, el estudio Ghibli ha navegado con el estandarte de 3 películas esenciales: “El viaje de Chihiro”, “Mi vecino Totoro” y “La tumba de las luciérnagas”, pero dentro de la basta filmografía y en aquellas que han sido escritas y dirigidas por Hayao Miyazaki, existe una cinta que nos da una enseñanza sobre el valor que uno mismo tiene de sí.

Se trata de “Kiki: entregas a domicilio”, una historia con un mensaje muy personal y que nos muestra los ya clásicos elementos de la cinematografía de Ghibli: toques de magia en lugares que nos parecen irreales pero hermosos y una figura protagónica con una chispa especial que se embarca en una aventura.

Ahí está Kiki, una bruja que al cumplir los 13 años, debe de dejar su casa para seguir con su entrenamiento de bruja, en este proceso, además de dar el paso de la niñez a la juventud, debe de instalarse en una ciudad que requiera de sus servicios, la transición resulta impactante e interesante en ambas dosis, ver a una niña ansiosa de comerse al mundo, sin tener idea por donde empezar.

Pero es interesante como sus ganas de salir adelante y demostrarse a sí misma que sí puede, la hacen luchar por lo que quiere, este es uno de los mensajes que Hayao Miyazaki pone en su protagonista y que como espectador absorbes; en su viaje está con ella su gato Jiji y en el camino encuentra a gente noble que le ayuda cuando no puede controlar una situación.

Hayao Miyazaki apuesta por una historia en la que por momentos crees que algo inesperado y mágico va a pasar, pero te quedas con las ganas de verlo, en cambio se plantea una línea segura, con Kiki metiéndose en problemas en un intento de demostrarse que es capaz de todo lo que muchos creen que no.

Aquí en esta historia, no hay un demonio queriendo acabar con las brujas o una bruja malvada tratando de robarle los poderes a la pequeña Kiki, en esta historia el más grande villano a vencer es la inseguridad de la protagonista, que al mismo tiempo la detiene incluso de poder confiar en las personas.

Kiki no agita una varita y hace aparecer cosas, no lee la mente, no sabe de animales fantásticos, el poder de la adolescente es saber volar a medias y en la práctica poder mejorar, otro poder que la brujita tiene es su valentía y ganas de lograr sus metas: sobrevivir a la sociedad en la que viven ahora y lograr completar su entrenamiento para no decepcionar a sus padres que la han visto partir.

Con esa premisa, “Kiki: entregas a domicilio” es una película entrañable, a ratos lenta, que aunque su mensaje de creer en nosotros mismos pase lo que pase, nos llega al corazón, nos queda a deber algo que no acabo de distinguir pero que tal vez tenga que ver con lo espectacular, eso sí, a su manera conquista a su audiencia.

Y la razón es tan poderosa que aunque la película se estrenó en 1989, la personalidad de Kiki es atemporal, un personaje femenino con el poder en sí misma, justo como lo ha puesto en repetidas ocasiones Gihbli, en Kiki habita una joven decidida, amable, responsable, pero no perfecta y eso es también otro rasgo de las heroínas del estudio y con las que puedes identificarte de una manera intrínseca.

Si hablamos de la animación, basta con decir que Ghibli siempre ha sabido hacerla de manera surreal, con esos paisajes en los que los fans del estudio quisieran estar por 5 minutos; con personajes que tienes sus perfiles bien definidos y con elementos lo suficientemente sólidos como para convertirse después en un juguete de colección.

Al final del día, hablar de Kiki: entregas a domicilio es exponer una película blanca que adquiere diferentes significados de acuerdos a la etapa en la que te toque verla, no es lo mismo poner a un niño frente a la pantalla a verla, que sentarte una tarde a apreciar cada detalle de la impecable animación de Miyazaki y eso es algo mágico, porque en ambas casos el veredicto será el mismo: es una película my hermosa.

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